Conservadores y fascismo
Es muy común, especialmente estos días, que a los conservadores se les tilde de “extrema derecha” o directamente de fascistas. ¿Son justas tales descalificaciones? Para responder esta pregunta debemos distinguir entre el espíritu conservador y la forma en que el conservadurismo se ejerce desde el estado.
El espíritu conservador es una disposición que, en cierto sentido, compartimos todos: es buscar preservar el lugar que te vio crecer y proteger los barrios donde se alojan tus memorias más preciadas. Y es también el deseo de que esos rincones que has hecho tuyos a lo largo de tu vida constituyan también las raíces de tus hijos y tus nietos.
Incluso quienes adhieren a corrientes progresistas encuentran muchas veces su motivación en las ganas de preservar algo, ya sea las comunidades de las que son parte, o los paisajes cuya pureza consideran invaluables.
Ahora, cuando las ideas conservadoras acceden al poder, como es el caso del Presidente Kast en Chile, surge un problema importante. Se trata del problema de Gandalf en El Señor de los Anillos.
En uno de los primeros capítulos de esa obra, Frodo le presenta a Gandalf la oportunidad de portar el Anillo Único. El mago rápidamente rechaza la propuesta. ¿Por qué? Gandalf sabe que incluso estando del lado del bien, e incluso buscando fines virtuosos, como lo era la idea de salvar la Comarca y las otras localidades de la Tierra Media, el Anillo centraliza el poder, y por lo tanto obliga a quien lo porta a imponer sus valores y su visión de mundo de forma artificial, sin el consentimiento de la población. De manera que aceptar el anillo lo convertiría en algo igual o peor que Sauron.
En otras palabras, Gandalf sabe que la preservación de la Tierra Media y la existencia del Anillo son cosas incompatibles, por lo que la solución no es usar el Anillo de mejor manera, sino directamente destruirlo. Y no se trata de buscar la anarquía, sino simplemente de darle la oportunidad a Hobbits, Enanos, Elfos y Hombres de tomar sus propias decisiones, y elegir el destino de sus sociedades.
Volvamos a la vida real. La centralización de las instituciones obliga a quien sea que gobierne a pensar de forma colectivista, imponiendo sobre el resto sus propios valores y violando así la conexión única que cada individuo construye con sus barrios y con las tradiciones de su localidad. Y de esta manera, obliga a quien gobierna a exigir sacrificios individuales para conseguir fines colectivos, lo cual suena peligrosamente cercano al pensamiento fascista.
En definitiva, es cierto que en un estado fuertemente centralizado los conservadores tienen inclinaciones fascistas, pero lo mismo vale también para el resto de las corrientes políticas, sean de derecha o de izquierda. Así, la lucha contra el fascismo no puede ser una lucha contra los conservadores, sino que debe ser un proyecto que busque proteger a las distintas localidades de la vocación colectivista del estado central.

