El extravío liberal
¿Por qué importa el liberalismo?
Si le haces esta pregunta a un presunto “defensor de las ideas liberales”, te hablará sobre índices de bienestar, cifras de crecimiento y curvas exponenciales en distintos indicadores. Te contará cómo esas ideas están ligadas a la reducción de la pobreza, al aumento en la expectativa de vida y a los avances tecnológicos de la época moderna. Probablemente fundamentará su respuesta apelando a principios económicos, a los efectos positivos de la estabilidad y a la importancia de una buena gestión de gobierno. También hará hincapié en que construir proyectos políticos exige diálogo, grandes acuerdos y respeto institucional. En suma, para el liberal de hoy el liberalismo importa porque permite que una buena administración se traduzca en un aumento en el bienestar de la sociedad.
Esta forma de entender el liberalismo —absolutamente ubicua en Chile— es lo que podríamos llamar el extravío liberal. Es una concepción tecnocrática del bienestar que corre el riesgo de abrazar la tentación de la planificación centralizada y usar al individuo como medio para obtener fines estadísticos y mejores indicadores socioeconómicos. Y contradice en gran medida los principios que dieron origen a las ideas liberales hace más de cuatrocientos años.
Cuando John Locke escribió su Segundo tratado sobre el gobierno civil, el foco de su propuesta era esencialmente proteger al individuo de las pretensiones tiránicas del estado. Su argumento concluía que un gobierno es legítimo siempre y cuando respete los derechos naturales de las personas: vida, libertad y propiedad. El bienestar de la población y el crecimiento del país quedaban enteramente fuera de la ecuación. Y Locke, desde luego, no hacía referencia a ningún índice económico ni a evidencia comparada. Su razonamiento era de índole puramente moral y se construía sobre principios basados en la naturaleza del ser humano.
El giro reciente en el carácter del liberalismo es comprensible. El mundo moderno dista mucho del contexto en que Locke estableció su doctrina. En aquel entonces no era raro ver reyes buscando abiertamente el poder absoluto, oprimiendo a la ciudadanía y aplastando a cualquiera que se opusiera. Hoy, en cambio, la sociedad goza de niveles relativamente amplios de libertad individual, y son pocos los que intentan abiertamente instalar algún tipo de dictadura, de modo que el concepto central que subyace a la discusión política ya no es la tiranía, sino el bienestar de la población.
Así, a medida que desatendemos los resguardos que impedían los excesos del estado, vemos señales de que en distintos rincones del planeta —incluido Chile— hay una especie de retorno de la amenaza de la tiranía. Eso sí, esta vez se trata de una tiranía solapada, que a veces habla el lenguaje de los beneficios sociales, a veces el del cuidado ambiental y a veces el del proteccionismo económico. Pero sin importar el carácter de sus propuestas, es importante que reconozcamos que se trata al fin y al cabo de una tiranía, ya que quienes escriben las reglas, recaudan tributos e imponen su visión de mundo, se encuentran lejos y aspiran alcanzar cierto grado de inmunidad frente a la voluntad ciudadana.
Para salir de este entuerto, el mundo liberal necesita volver a sus orígenes. Debemos dejar de preguntarnos sobre administración y bienestar, y volver a preguntarnos qué significa para el diseño institucional que el individuo sea un fin en sí mismo.

