Por qué tanta ambición
En un rinconcito del litoral central, cerca de Isla Negra, se encuentra el balneario Punta de Tralca. El pueblo es tranquilo y no disfruta ni padece la presencia de grandes supermercados o instalaciones hoteleras. La atracción principal en la zona —más bien la única atracción— es un roquerío donde se puede ver la puesta de sol y sentir el poder sobrecogedor del mar.
Uno de los caminos que baja a esa zona está hace años tapizado de carteles. Son carteles de protesta contra un proyecto inmobiliario que modificará el sector y afectará los equilibrios del microclima que caracteriza el lugar. “No al proyecto inmobiliario Mirador”, “Paren de vender la tierra” son algunos de los reclamos. Uno en particular resulta especialmente llamativo: “¿Pa’ qué tanta ambición?” se pregunta el protestante. El cartel ilustra el contraste entre la visión que propone el proyecto y la situación actual de la localidad. Y también muestra la dificultad de llevar el desarrollo a áreas más rurales, donde pobladores en condiciones relativamente precarias se resisten fervientemente a los cambios que les permitirían disfrutar de mejores oportunidades.
Un análisis detenido del asunto revela que la persona que puso ahí ese cartel puede haber tenido distintas motivaciones. De cierta forma, existen simultáneamente tres versiones de ese cartel.
En la primera versión, “ambición” debe leerse como codicia. En este caso, el (¿la?) protestante plasma en el cartel su resentimiento contra los ricos y contra quienes buscan el éxito. Se trataría de un caso más de la idea —ya bastante instalada— de que el enriquecimiento de unos pocos es detestable, incluso cuando trae beneficios a toda la población.
En la segunda versión, la palabra “ambición” se usa como “progreso”. Es una mirada que considera que la forma de vida occidental oprime no solo al resto de la humanidad, sino que también a los animales y a la naturaleza. El resentimiento ahora no es contra los ricos, sino contra el sistema capitalista, o contra una civilización que busca avances —que no serían realmente avances— a costa de la destrucción de las formas virtuosas de vida en sociedad, y eventualmente del planeta entero.
Estas dos versiones resumen hasta cierto punto el pensamiento progresista. La primera versión exige la igualdad y la segunda, el desmantelamiento del capitalismo salvaje, cuyos efectos se consideran un riesgo existencial.
La tercera versión del cartel es distinta. Esta vez se trata de una interpretación conservadora del asunto, donde “ambición” quiere decir entrometimiento. Quien escribió el cartel, protesta en este caso contra la injusticia de que el futuro de la zona esté en manos de los santiaguinos y no de la comunidad que reside en el lugar. Es una postura que en vez de expresar resentimiento y buscar utopías progresistas, reconoce el valor de las raíces y la importancia del sentido de pertenencia a una localidad, y exige que aquello que fue protegido y atesorado por los antepasados de quienes allí habitan, sea también legado a sus hijos y nietos.

