Sobre libertad y continuidad
No son pocos los que creen que liberalismo y conservadurismo son enfoques inherentemente contradictorios. Para rectificar este malentendido, nos embarcaremos en un pequeño viaje a través de una serie de hitos filosóficos. Esta búsqueda tendrá como principio rector la idea de que podemos comprender el mundo, y eso nos permite mejorarlo.
Nuestro punto de partida será el falibilismo, es decir, la idea de que no es posible llegar a la verdad última. Jenófanes, filósofo y poeta griego del siglo VI antes de Cristo, lo ilustra de la siguiente manera:
“Incluso si alguna vez anunciaras la verdad más acabada, tú mismo no lo sabrías: todo está entreverado de conjetura”.
Dicho de otra forma, todo lo que hoy sabemos contiene equivocaciones, imperfecciones y vacíos, de modo que el desarrollo del conocimiento solo puede conseguirse mediante ideas nuevas y la corrección de errores. Karl Popper reflexiona sobre ello en su libro Conjeturas y refutaciones:
“La forma en que progresa el conocimiento, y especialmente nuestro conocimiento científico, es a través de anticipaciones injustificadas (e injustificables), por medio de adivinaciones, de soluciones tentativas a nuestros problemas; en una palabra, mediante conjeturas. Estas conjeturas son controladas por la crítica; es decir, por intentos de refutación, que incluyen pruebas severamente críticas”.
Un corolario de las ideas de Jenófanes y Popper es que nuestro objetivo no puede ser el ideal cartesiano de construir una base sólida para el conocimiento o encontrar un conjunto de axiomas incuestionables. Debemos aprender a convivir con la inquietud de que incluso nuestras certezas más profundas pueden, eventualmente, comenzar a tambalear.
Hasta aquí, el statu quo —el estado actual de las cosas— parece del todo indeseable. Sin embargo, surge una pregunta: hemos establecido una noción de cómo avanza el conocimiento, pero ¿dónde se aloja? En algunos casos la respuesta es obvia. Gran parte de nuestro conocimiento está materializado en documentos o libros, hoy mayoritariamente en formatos digitales. Otro gran repositorio de conocimiento es la mente de las personas, donde residen recuerdos, hábitos, reflexiones y otras ideas que no han llegado a la formulación escrita.
Pero también existen mecanismos de almacenamiento de conocimiento menos reconocidos: nuestras ciudades y su arquitectura, o las tradiciones, costumbres e instituciones que definen las dinámicas de nuestra sociedad. G. K. Chesterton lo expresa de la siguiente manera:
“Si encuentras una cerca atravesando un camino y no ves para qué sirve, no la derribes. Primero averigua por qué fue puesta allí. Cuando entiendas su propósito, entonces podrás decidir si debe ser eliminada”.
Aquella proverbial cerca representa los lugares, monumentos y edificios que caracterizan a una sociedad. Pero también representa, de forma más inmaterial, sus instituciones, sus valores y sus dinámicas. Todos estos elementos surgieron con propósitos específicos y sirven como registro de conocimiento colectivo, aunque muchas veces el propósito original haya dejado de ser evidente.
Roger Scruton, en The Meaning of Conservatism, lleva la cerca de Chesterton al ámbito de las tradiciones:
“Una tradición no es simplemente una costumbre mantenida durante mucho tiempo; es una forma de conocimiento social”.
Más adelante, en Cómo ser conservador, el filósofo inglés desarrolla esta idea incorporando las instituciones:
“Las costumbres, las instituciones y las formas de comportamiento contienen la solución a problemas que las personas han olvidado cómo resolver”.
De esta manera, el liberalismo conservador reconoce que la prosperidad exige el balance correcto entre la creación de conocimiento nuevo y la protección de lo que hemos ido aprendiendo a través de las generaciones.
Recapitulemos. Hemos dicho que el conocimiento es siempre provisional. A partir de ello hemos derivado la importancia de la creatividad, la crítica, las instituciones y las tradiciones. Corresponde ahora referirnos a las implicancias de este razonamiento sobre los valores que permiten que las sociedades prosperen. Para eso, podemos recurrir a las ideas de tres pensadores británicos.
En primer lugar, John Stuart Mill expresa en Sobre la libertad lo que los liberales entienden por libertades individuales:
“La única libertad que merece tal nombre es la de buscar nuestro propio bien a nuestra manera.”
Por su parte, Edmund Burke nos entrega, en sus Reflexiones sobre la Revolución francesa, una de las mejores formulaciones de lo que los conservadores entienden por el contrato social:
“La sociedad es una asociación no solo entre los vivos, sino también entre los muertos y los que aún no han nacido.”
Finalmente, John Locke resume todo en su Segundo tratado sobre el gobierno civil:
“El principal y más importante propósito por el que los hombres se unen en una comunidad política y se ponen bajo un gobierno es la preservación de su propiedad.”
Aquí, la palabra propiedad incorpora los conceptos de vida, libertad y bienes materiales. O, en su formulación americana: vida, libertad y la búsqueda de la felicidad.
En suma, el liberalismo conservador reconoce el valor moral del conocimiento, y propone que su correcta expansión solo es posible en sociedades con individuos libres que respeten y protejan lo que les ha sido legado.

