Tenemos que hablar de los colegios
“La letra con sangre entra”.
Este refrán resume de manera casi literal la forma en que concebíamos la educación hasta más o menos la mitad del siglo pasado. La teoría decía que el castigo físico estimulaba la memoria y corregía la pereza. No era raro ver entonces a profesores usando varas o incluso látigos para castigar faltas que podían ir desde actos rebeldes en la sala de clases, hasta nimiedades como errores ortográficos.
Afortunadamente, ese tipo de prácticas son hoy inaceptables y el refrán ahora se usa de forma metafórica, para expresar la idea de que aprender requiere esfuerzo y concentración.
Pero, ¿hemos resuelto realmente el problema? Es evidente que terminar con el castigo físico en la educación ha sido un avance importante en nuestros estándares morales, pero si observamos con cuidado, la cosa sigue siendo delicada. Quizás la manera más poderosa de ilustrar el asunto es observando las similitudes entre colegios y cárceles: en ambos casos los internos están ahí en contra de su voluntad, vestidos de uniforme, en recintos asfaltados. Deben pedir permiso para hacer cosas básicas como salir al patio o ir al baño, y deben lidiar con compañeros que muchas veces detestan. La situación se agrava si consideramos que el trabajo forzado está prohibido en las cárceles, mientras que en los colegios es parte central del sistema.
La mayoría de la gente defiende el uso de la coerción en los colegios apelando a argumentos que podemos agrupar en dos categorías: los beneficios que aporta el colegio y los problemas de un mundo sin colegios.
Respecto de los beneficios, la lista es considerable. Los niños aprenden disciplina y respeto a la autoridad, viven algunas experiencias positivas que los marcan de por vida, encuentran sus amistades más importantes y escapan de dinámicas familiares que muchas veces son tóxicas. Todo esto es muy cierto, pero el mismo razonamiento podría aplicarse para defender el servicio militar obligatorio. La conclusión es inobjetable: resultados positivos no justifican el uso de métodos moralmente reprochables.
En el caso de los problemas del mundo sin colegios, la gente suele imaginar un mundo donde los niños se quedan en la casa jugando videojuegos o scrolleando Tik Tok, o peor aún: saliendo solos a las calles, exponiéndose a la influencia del narco. Aquí hay dos cosas que decir: primero, los videojuegos y el Tik Tok son muchas veces una forma de escape a una vida de cuasi esclavitud. En ese sentido, los colegios serían parte del problema, no la solución. Segundo, un mundo sin colegios no implica una niñez en aislamiento. Incluso hoy en día, a pesar de las obligaciones del colegio, los niños frecuentemente optan por invertir las pocas horas libres que les quedan para practicar deportes, aprender algún instrumento musical o desarrollar sus verdaderos intereses junto a otros niños con perfiles similares.
El tema de los colegios da para largo, pero vale la pena una última reflexión. Recientemente hemos introducido en Chile una ley que prohibe el uso de celulares en los colegios. Esta medida —que, dicho sea de paso, profundiza la analogía con las cárceles— sin duda tendrá efectos importantes en indicadores como el SIMCE o la prueba PISA. Pero no olvidemos que le estamos quitando a los niños una de las pocas herramientas que tenían para escapar de la coerción del sistema educativo. Es de esperar que el uso de pantallas aumente fuera de las horas escolares, ¿qué efectos tendrá esto en la salud mental de los niños? ¿Responderán con sumisión o rebeldía? ¿Qué pasará con la violencia de los “overoles blancos”?

