Una interpretación del populismo
Se habla mucho del populismo estos días. En Chile, Franco Parisi obtuvo un tremendo resultado en las elecciones de 2025, y el ganador, José Antonio Kast, optó por una estrategia anti-élite repleta de “metáforas”, un enfoque evidentemente aliñado con una alta dosis de populismo. ¿Qué lleva al electorado a optar por alternativas populistas?
El populismo dice esencialmente dos cosas: que las élites gobernantes son corruptas y opresoras, y que el líder populista representa la verdadera “voluntad del pueblo”.
La segunda afirmación es siempre un engaño. No existe —no puede existir— tal cosa como un fiel representante de la voz del pueblo. “El pueblo” es una entidad infinitamente compleja, con exigencias que muchas veces se contradicen entre sí. Incluso si un político lograra capturar el espíritu de esas exigencias —incluyendo las contradicciones— es evidente que una vez en el poder chocaría con los rigores de la realidad.
Los liberales —principales oponentes del populismo— suelen centrarse en esta parte del análisis cuando atacan a sus adversarios populistas. Y lo que generalmente concluyen es que el pueblo es ignorante o ingenuo, o que las propuestas del liberalismo son demasiado elevadas para una ciudadanía que se queda en lo superficial. Un diagnóstico que peca de soberbia monumental y contribuye a ensanchar la brecha entre pueblo y élite.
Es aquí donde podemos ofrecer una interpretación más sobria del fenómeno. En lugar de acusar al electorado de ignorancia o enceguecimiento, podríamos hacer un intento por identificar los aciertos de la tesis populista. Volvamos a la primera afirmación del populismo, el sentimiento antiélite. No vale la pena engañarse, esta afirmación es correcta: las élites son efectivamente corruptas. Y la razón es muy simple, la corrupción en cualquier grupo de personas es una consecuencia inevitable de la naturaleza humana. Allí donde hay dinámicas colectivas, habrá siempre quien intente mejorar su situación atropellando al resto. Es por eso que la democracia no puede pretender elegir líderes puros sino que debe apuntar a entregarnos herramientas para remover del poder a quienes perjudican el interés colectivo.
En otras palabras, el alza del populismo puede verse como la respuesta de nuestro sistema a la pregunta sobre la corrección de errores. ¿Con qué herramientas cuenta la ciudadanía para castigar a sus representantes cuando estos se exceden? En un sistema centralizado, altamente presidencialista y con un parlamento sujeto a elecciones con voto proporcional, las herramientas escasean. Quienes acceden al poder tienen demasiadas facilidades para mantenerse allí, sin importar la magnitud de los errores que cometan ni el tamaño de los escándalos en que se involucren. En cierto sentido, nuestro sistema político ha dejado de cumplir la principal promesa de la democracia: los ciudadanos no pueden remover del poder a sus representantes.
Así, en lugar de tildar al populista de irresponsable, o acusar a los ciudadanos de ser ignorantes, deberíamos considerar el alza del populismo como un síntoma de la incapacidad de nuestro sistema de corregir errores. Y tal vez, con algo de suerte, verlo de esta manera nos permita empujar las reformas políticas que tanto hacen falta.

